lunes, 12 de marzo de 2012

En carne viva


     
                            "En el cáliz de mi rostro descansan
                             las angustias que marcan las ojeras"                                        

Por temor a caer en el olvido
poco a poco me voy deshilachando.

Hiberna la difusa silueta de mi sombra
como la cola castrada de un cometa
dispuesta  a  recorrer en su destierro
el frío desolado del insomnio
sobre el lecho que aguarda su fatiga.

Los huecos espectrales de las manos
muestran su vacío
buscando llenarse de utopía
porque el miedo a no reconocerse
acecha colgando sus puñales
en la soledad de los dedos calcinados.

No puedo caminar, aunque camino
sabiendo que la estela que dibujo
se puebla de pasos apagados
y que el humo volado de mi incienso
ni siquiera alcanzará el abrazo de las nubes.

Por eso no le canto ni a la rosa
ni a la espiga.

El canto que me rueda por los ojos
se viste del rojo de la sangre,
de la sangre que me abrasa en carne viva.

*Andros

domingo, 11 de marzo de 2012

Ensoñación


Tu pecho me hace de almohada,
de pañuelo cuando tengo ojeras negras,
de tierra caliente que se esponja
con mieles escondidas
tras el ardiente embozo de tu carne.

Llenas de pasión, vacías de sombras,
las febriles horas de la noche
tras haber perdido el pulso,
dejan paso con ritmos oscilantes
al ansiado gozo, que seguro de saberte
abre la jaula de todos tus enigmas.

Y así te quedas
abrazando el silencio entre suspiros,
desnuda, con los ojos ausentados,
transparente como el vidrio que refleja
la imagen trasvasada de una esfinge
labrada en porcelana.

En esta atmósfera sutil
me veo anudado a tu cintura
con las manos abiertas como un delta
buscando las sinuosas simas
de aquéllo que dicen que es pecado,
entre arrullos y jadeos,
para trazar los surcos del olvidado paraíso.

Y tú, torneada como un cisne,
navegas entre sueños espectrales
buscando suicidarte entre mis labios.

*Andros.

viernes, 9 de marzo de 2012

Del negro hasta el azul vistiendo rojo



Una vez más el negro me inunda en su color.

Con la frente sitiada por la fiebre
se me tornan vacíos los aleros
donde vivían felices los pájaros del sueño.

Hoy, todo me palpita como látigo en la sangre
porque sobre la hierba de este marzo con ojeras
me he visto obligado entre sollozos
a vestir las raíces del noble pensamiento
con las hieles coaguladas del silencio
sabedor que el eco de la ausencia
clavará sus colmillos sobre la carne de mi verso.

Aún así escribo como siempre,
sin demorarme, en un viaje introspectivo sin retorno,
buscando en el azul de la imagen decantada
todo el vigor de su perfil
escondido tras una arquitectura sin luz en las ventanas.

Quiero ser espejo de mí mismo,
dejar fluir toda la sed que brota en los instintos
prendido al sillar del equilibrio
para no hendir jamás sobre la tierra
la cruz donde agoniza la voz del desaliento.

Desde esta oscuridad de humo y exilio
el alma se me fuga tras la sombra de una nube
y los labios, creados para degustar besos y palabras,
despliegan la sonrisa de sus rojas amapolas
para dar salida a las alondras que anidaban en el pecho.

Y ya no habrá acordeones rotos donde el canto,
perdido entre baúles, latía a la deriva.

*Andros

martes, 6 de marzo de 2012

El precio de la vida


Nada nuevo resplandece bajo el Sol.
Ni el mar, ni la tierra, ni tampoco
la palabra del verso bien nacido
son espejos que abren los silencios
del aire que se pliega a su reposo.

Ni siquiera la luna, ni las estrellas
que oscilan en las noches como péndulos
son capaces de alumbrar las inquietudes
de unos tímidos ojos que se cierran
para borrar las sombras que les ciegan.

Así se zurce el paño de la vida
para aquéllos que están solos por dentro,
transitando los pies entre guijarros,
asomados los sueños y deseos
al mórbido dintel de la esperanza,
cansados de buscar sus propias huellas.

Sólo el amor-maná impenitente-
servirá de alimento en el destierro
a todos los mortales peregrinos
que consumen cada día su existir
como esclavos que cruzan el desierto.

¡Qué panorama impenetrable al descanso
late en los huecos de este laberinto!

Se estrecha el cerco, se aprieta el nudo
que axfisia sin cesar la dignidad,
y un hondo misterio va enraizando
los desdenes que sacuden el olvido.

Es el precio que a veces se paga por vivir.

*Andros

lunes, 5 de marzo de 2012

Entre latidos


Ya no hace falta que me hables
con encajes bordados de elocuencia.
No, ya no necesitas balbucir ruborizada
que tu ciego amor por mí
es la luz que da brillo a las estrellas.

Los desnudos vidrios de tus ojos,
con su pleamar de sueños,
centellean en los arcos de mis sienes
con mensajes tan vibrantes
que ni el grito hambriento del coyote
ni el llanto ahogado de un cautivo
definen mejor el vigor de su lenguaje.

Tal vez por eso
entre tú y yo no es necesario
vestir de rosas el silencio,
ni convertir los ecos de nostalgia
en los sueños volados de una nube,
porque allá donde se cruzan las miradas
se nos funden los caminos
y sólo una voz alienta el aire:
La voz que late en nuestros pechos.

*Andros

sábado, 3 de marzo de 2012

Los ojos del alba



El corolario de la noche
enciende el arrebol de las promesas
con sus espuelas de cristal
y sus escorzos de gacela,
pero al rodarse los recuerdos
por donde duermen las ideas
se abre el solar de los sollozos
al amparo de viejas servidumbres.

Es entonces, entre delirios,
cuando abren sus fauces los enigmas,
y los sueños como encinares muertos
mecen la oscuridad de sus sillares
bajo el vuelo fugado de las lunas.

Qué importa la sed de las letras
tanteando vitrales apagados,
los desvelos evadidos del éter
caminando sobre el filo del miedo,
si en sus orígenes de aurora
el júbilo desciende su voz blanca
sobre el desierto gris de las ausencias.

Nada escapa al naufragio de los labios:
El alba, luz del simulacro,
vuelve siempre con sus ojivas ciegas.

*Andros

viernes, 2 de marzo de 2012

Tras los ecos de tu vuelo


No me asustan las piedras del camino
porque sigo tu estela de ola blanca
orientando mis blandos girasoles;
porque apago las arenas del miedo
con la cal que me brinda tu recuerdo;
porque a pesar de heridas y de insomnios
me brillan las vidrieras
en el istmo cegado de las sienes;
porque en mi soledad de sangre y fuego,
donde arden los eclipses,
una estrella buida de ternura
ya riela en los espejos de mi pecho.

No se clavan ni el hueso ni la espina
en el vientre que alberga la memoria:
En el único norte que se atisba
sólo habitan los ecos de tu vuelo.

*Andros