miércoles, 4 de abril de 2012

Tiempos difíciles


     
Este tiempo de agravios y de escombros
que muerde sin pudor
las despojadas manos de los hombres
enciende su dureza
con la fiebre creciente del olvido.

Perdidas en las calles
hay tantas vidas incubando miedos,
recostadas en ciegos laberintos
bebiendo de los cuencos del desprecio,
que sólo la amargura
se encadena a la huella de sus pasos.

Son pavesas al viento
nacidas en los desvanes fríos,
pájaros malheridos
con venas vacías
en nidos bajo aleros de cartón.

Temen tanto a los brillos del pasado
como al yugo que les hace transeúntes
de un mundo veleidoso,
y de sus alas rotas
sólo penden las ascuas de la nada.

Caminan entre ausencias
como espectros que van a la deriva
y en sus sueños de luna
andenes de pedernal alientan sus auroras.

Como testigo de su calvario y sus misterios
sólo pido para ellos el pan
que se amasa en la flor de la ternura.

*Andros

martes, 3 de abril de 2012

Verdes añoranzas


     
Qué largas son las noches del invierno
envueltas de añoranzas,
si el cuerpo que se anuda a sus instintos
se viste con la quietud de la roca.

Cómo flota en la magia de los sueños
el idilio secreto de sus ecos
esperando que un galope de amazonas
alcance locamente con su danza
el placer de llegarse a sus ijares.

El delicado roce de las sábanas
enardece la piel
al recordar el baile de las manos
sobre el ansiado vientre
donde arden de pasión los humedales.

Al darme a los abrazos con acento,
la brújula falaz del onirismo
me conduce hasta el norte de unos ojos
evadidos de un bosque de esmeraldas.

Y así me veo, persiguiendo ausencias,
apostado en la sombra de una vela
como el canto de un pájaro sin voz.

Sólo en la sístole del reloj que nunca duerme
cobran luz mis cifrados espejismos.

*Andros.

lunes, 2 de abril de 2012

De voces y sarmientos


   
He sentido en las manos de mis padres
el calor que sostiene la ternura
porque siempre cercano a sus umbrales
supieron inculcarme
el latir de los jóvenes sarmientos.

Su recuerdo, reloj de la alegría,
va prendido del brillo de sus iris
y por eso se enciende mi palabra
bajo el capitel de la soledad
con la voz de su sangre.

Soy testigo legal de su evangelio,
-espejo de quimeras y remansos
de pasos ambulantes-
que comparte la paz de su silencio
con el nácar florido de los sueños.

Bajo el cielo estrellado de las lágrimas,
como delfín atrapado entre redes
atadas al vacío,
he vivido el horror de las tormentas
justo al pie donde yacen sus estatuas.

Desde entonces, los vientos de sus alpes
sacuden con furor
el tambor donde duermen los poemas,
como si fuesen duendes
prestos a apuntalar su pensamiento.

Y yo, égloga al hombro
derramo la luz de sus ojos ciegos.

*Andros

Abril ríe


 
En las últimas gotas del invierno
quedaron encerrados los insomnios,
y el canto de las letras
confinado entre viejos pergaminos
renació ante nuevos desafíos.

Sin el sol que acaricia los sentidos
ni el deseo que lleva a rescatarse,
es difícil intuir
la vena migratoria de los vuelos.

Sólo cuando el silencio se hace grito,
cuando la voz madura entre los labios,
el lenguaje abandona su ostracismo
para lucir el brillo de su aliento.

Nace así, bajo techo,
abril de lunas blancas
con melena de risas y acuarelas
dispuesto a ser vehículo de afecto
más allá de sus propias vibraciones.

Con el olor a jara
regresan fantasías a la mente
y el verso, de puntillas, dobla esquinas
apurando hasta el mínimo recodo.

Es el despertar de un vuelo sin alas
que a sonreír convoca,
del júbilo indolente,
del renacimiento de la piedra cautivada.

Es el agua que calma la sed de los desiertos.

*Andros

Las razones de tu ausencia


 
No sé porqué el paisaje
se me extiende con fugas de océanos,
porqué las noches ruedan sus ansias de rubíes
queriendo ser bengalas
que buscan armonía en la memoria
de una voz apagada por el tiempo.

No lo sé, sólo sé que el silencio que me habita
conduce al pensamiento
a los pies del mármol donde crecen los recuerdos.

¿Acaso es el pulso derretido el que solfea
la nula fertilidad del sueño,
o es el poro de la incertidumbre
el que ataca las íntimas esencias?

Sea como fuere, bajo el párpado que duerme
náufrago de horizontes
siempre crecen espigas de consuelo,
latidos que en voz baja
propagan la fuerza temblorosa del amor.

Y así estoy, con el vuelo cerca de las sienes,
esperando, siempre esperando escuchar el eco
donde yacen las razones de tu ausencia.

*Andros (26-III-2012)

domingo, 1 de abril de 2012

Las raíces del silencio



La mirada esquiva que se esconde
al amparo de un sórdido silencio
crea un nudo en la garganta
aunque se suelten las bridas
que ponen freno a la palabra.

La sombría soledad no descansa,
emerge indolente sin pausa,
y la honda intimidad
celosamente guardada se despierta
al socaire del albedrío soñado.

Desde este predio abandonado
reverdece el viejo desaliento
sin bálsamo que lo alivie,
se van cerrando caminos
y la oscuridad se cierne
sobre los cansados ojos.

Mientras este árbol siente desvestirse,
sus raíces con furia desatada
buscan la verdadera razón
que es ataúd de su destierro.

En este universo gris y contenido
donde las voces son como desiertos
y la timidez pone brillo a los sollozos,
un grito azulado lleno de dulzura
quiebra delirios y extiende su fuego
por las estrechas márgenes del olvido.

Es la raíz que brota con fuerza
-espejo de la verdad oculta-
cambiando la faz
del silencio en el que estaba abandonada
por el eco transparente de la luz
que reposa en sus umbrales.

La soledad, alejada del rumor helado,
se levanta en los brazos de un arrullo.

*Andros

Habla el rostro del olvido



Es difícil volver la vista atrás
sobre todo si el tren de la memoria
circula por raíles oxidados.

Con la frente dormida,
la voz robada y las manos yertas,
en el ámbito hueco de las luces
sólo brillan las ojeras.

El rostro de los vuelos se retrata
con luto en los espejos del espectro,
como péndulo roto
que cuelga del grillete de las horas.

Estéril panorama el que contempla
el labio nebuloso, cuando a ciegas
derrama la soledad de su grito
hasta el último vidrio de su sangre.

Se apagan los latidos de las conchas
y rompen a llorar las caracolas,
pero el nudo gordiano de lo incierto
soporta la tensión
de vivir vertebrado a la deriva.

Qué tristeza produce el abandono
del inmortal relámpago,
último escalón donde posa el ojo
su mirada de cera derretida.

Y así, sin conocerse,
el labio se reposa entre las sienes.

*Andros